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Friday, January 31, 2014

La cuerda tensa: Apuntes sobre la democracia en México - Enrique González Pedrero

La cuerda tensa es una compilación de ensayos escritos entre 1991 y 2005 por Enrique González Pedrero. El primer problema con este libro, al menos en la edición de Kindle, es que al lector nunca se le avisa que el libro es una compilación de ensayos sino hasta el final, por lo que empieza uno a leer pensando que los ensayos eran relevantes para la coyuntura electoral de 2006.

El segundo problema del libro es la prosa de González Pedrero. A diferencia de sus libros sobre Santa Ana, donde los excesos prosísticos quedan bien y hablan de la erudición del autor, los ensayos de González Pedrero parecen discursos electorales de cacique priísta (como la mayoría de los militantes de izquierda de México, González Pedrero militó en el PRI antes de quedarse sin hueso y cambiarse al PRD darse cuenta que el auténtico cambio está fuera del partido aplanadora).

A pesar de todo, vale la pena leer La cuerda tensa por las siguientes razones:
  • González Pedrero es uno de esos políticos que ya no hay: a saber, una persona que sabe leer y documenta sus argumentos con referencias académicas. A lo largo del libro, las referencias a Bobbio y Sartori, son recurrentes, así como las digresiones y reflexiones sobre la globalización.
  • El último ensayo que aparece en este libro fue escrito a fines de 2005, antes de las elecciones de 2006. En ese sentido, el material del libro está caracterizadopor la cordialidad con las otras fuerzas políticas, la admiración a Octavio Paz, las ansias de diálogo y un deseo de modernizar a la izquierda. Todo eso se volvió anatema y blasfema cuando AMLO y el resto del lumpenproletariado mexicano decidieron que incendiar la institucionalidad del país era lo mejor. Como se ve en el video a continuación, González Pedrero se dejó arrastrar por la vorágine demente de López Obrador, como la mayoría de la izquierda mexicana.
  • Los últimos ensayos, escritos después del desencanto que representaron los primeros años de gobierno de Vicente Fox son textos a favor de la instauración de un régimen semi-presidencial en México. La inspiración, como para la mayoría de los intelectuales mexicanos de la generación de González Pedrero, sería Francia. El argumento principal es que esa arquitectura institucional forzaría a la élite política a pactar. González Pedrero, como todos los intelectuales mexicanos que se manifestaron a favor de cambiar la arquitectura institucional del país se equivocaron. Y en ese sentido, como dice Carlos Elizondo, deberían pedirle una disculpa al país y de paso dejar de vivir de becas financiadas con dinero público. Peña Nieto demostró que el problema del país entre 1997 y 2012 fue uno de liderazgo político y no uno de instituciones: más allá de juicios de valor, las reformas peñistas eran impensables hasta hace poco. Era necesario que viniera el PRI "de antes", el partido aplanadora de los dinosaurios para que nos vendiera la idea de modernizar el país. Patético.
Leer La cuerda tensa es un ejercicio de nostalgia, de un país que tuvo una clase política ilustrada y muchas expectativas, pero que al final se quedó con pocas realidades. Vale la pena leerlo a ver si aprendemos algo.

Saturday, February 5, 2011

País de un solo hombre: el México de Santa Anna. Vol. II. La sociedad del fuego cruzado, 1829-1836 - Enrique González Pedrero

“(…) como suele ocurrir en México, los problemas de hoy se comieron a los de mañana, que debieron haberse resuelto ayer.”

La sociedad del fuego cruzado, 1829 – 1836  es el segundo volumen de la trilogía País de un solo hombre: el México de Santa Anna, escrita por Enrique González Pedrero, ex gobernador priista de Tabasco y actual intelectual orgánico de Andrés Manuel López Obrador. Como mencioné en mi reseña del primer volumen, González Pedrero publicó esta segunda parte después de haber sido senador de la República por el PRD. Como me lo imaginaba, el pragmatismo salinista que permeó el primer volumen se vio sustituido por proclamas a favor de la igualdad social y demás puntos de la agenda perredista, sobre todo en la introducción. Esto no demerita la extensa investigación del libro. En muchos aspectos, La sociedad del fuego cruzado es mejor que La ronda de los contrarios, en particular porque abre al lector las puertas de la historia militar del México de la época. Pero el descarado sesgo ideológico indica que, si a González Pedrero le alcanza la vida para sacar el tercer volumen (ojalá; tiene la friolera de 80 años), será sensato esperar que aparezcan términos como “espuriato” [sic], “mafia en el poder”, y demás jerga lopezobradorista.

La sociedad del fuego cruzado es un volumen considerablemente más largo que su predecesor, a pesar de cubrir un período más corto. Esto se explica por la intensidad de la vida nacional entre 1829 y 1836: tras el fallido intento de reconquista comandado por Isidro Barradas, vinieron los primeros intentos de impulsar una política industrial, encabezados por Lucas Alamán y su Banco del Avío; el asesinato cobarde de Vicente Guerrero; los primeros intentos de reforma dirigidos por Valentín Gómez Farías; asonadas militares constantes y, especialmente, la independencia de Texas, acontecimiento al que se dedica la última parte del libro.

Sobre este último punto, cabe destacar que González Pedrero no culpa de la eventual pérdida de los estados del norte a Santa Anna o a ningún político de su generación. Para el autor, la expansión de los Estados Unidos a expensas de México era inevitable dado el despoblamiento de la región. En ese sentido, Santa Anna fue la persona que estuvo al frente de las cosas cuando la suerte del país estaba echada, aunque eso no  quita el hecho de que haya sido un patán, como lo evidencian los tratos a los que llegó con su cuñado para que éste le vendiera, a precios de oro, víveres a los soldados que fueron a pelear a Texas.

Se dice que la comprensión del pasado nos ayuda a poner el presente en perspectiva. La versión cruda de este dicho es que conocer el pasado hace que no nos sintamos tan especiales. Para los que se quejan del espectáculo lamentable que todos los días dan los legisladores en estos primeros años del siglo XXI, González Pedrero trae a colación la infame Ley del Caso, que buscaba hacer una purga de notables. El episodio es ridículo porque, como señala González Pedrero, “el ordenamiento dictaba el destierro de la República, por seis años, de 51 personas, cuyos nombres y apellidos se consignaban e incluía, además, a cuantos se encontraran en el mismo caso, sin señalar cuál era el caso.” Así que no nos sintamos privilegiados por tener legisladores ineptos; ha sido especialidad nacional. Y tampoco es que se pueda esperar mucho. Por pura probabilidad, los legisladores de un país de analfabetas (funcionales y a secas) van a producir leyes como las del Caso, o como la contrarreforma electoral de 2007.

En mi reseña del primer volumen comenté que su lectura debería ser acompañada por la de Los bandidos de Río Frío, a mi juicio la mejor novela que se haya escrito jamás en México. Sostengo lo dicho, pero también quisiera decir que este segundo volumen debería ser acompañado por un libro llamado The Failure of the Founding Fathers, escrito por Bruce Ackerman, de la Universidad de Yale. La lectura en conjunto de estos dos libros nos ayuda a comprender, parafraseando a Vargas Llosa, en qué momento se jodió México (y en qué momento despegó Estados Unidos). En las segundas elecciones presidenciales de ambas naciones, hubo poca claridad respecto a la votación y al ganador. En Estados Unidos se llegó a un acuerdo civilizado que permitió al país construir instituciones duraderas. En México, el resultado fueron 50 años de guerra civil. Para más detalles hay que leer, obviamente, los dos libros.

En mi reseña también comenté que los primeros años de vida independiente son los que más se parecen al momento que vive México actualmente, sobre todo en términos de seguridad. El argumento merece acotaciones. Ciertamente, el parecido más grande es el de un viejo que se resiste a morir (el de los fueros religiosos y militares ayer; el de los sindicatos y los monopolios empresariales hoy) y uno que no termina de nacer (en ambos casos, una democracia federal incluyente). Pero hay diferencias considerables: aunque el bandidaje era cosa común en ese entonces, el grueso de la violencia era entre facciones del ejército, a diferencia de lo que vemos hoy: bandas de criminales peleando entre sí o contra el ejército. El hecho de que la violencia de ese entonces haya sido protagonizada por el ejército hizo que hubiera cierto código de honor entre los contendientes: había reglas como no matar a dirigentes (Guerrero fue la excepción, y por eso el país se fue al despeñadero), no llevar la confrontación bélica a las grandes ciudades, etcétera. Compárese eso con las narcomantas y las narcocabezas en narcohieleras.

No sé cuándo vaya a volver a leer un libro sobre la historia de los primeros años de vida independiente de México. No es un tema que despierte mucha pasión entre los historiadores, quizá porque revela nuestras miserias como nación, así que la literatura no es abundante. En cualquier caso, quisiera cerrar este post describiendo el libro que me gustaría leer sobre el tema. Tenemos la tendencia a creer que México fue, realmente, el país de Santa Anna entre 1821 y 1853. Razones no nos faltan, y no voy a ahondar en ellas; lean la novela de Enrique Serna si les interesa saber por qué Santa Anna nos apasiona tanto.

Pero la realidad más complicada. El México de la primera mitad del siglo XIX era muy complejo, y para reconciliarnos con nuestro pasado y entender la diversidad de nuestro presente deberíamos estudiar a profundidad a cuatro personajes que encarnaron los sueños de diferentes grupos de interés, mismos que siguen presentes en la actualidad. Los primeros dos personajes son Valentín Gómez Farías y Lucas Alamán. Se ha escrito mucho sobre ellos, pero siempre en su papel de satélites de Santa Anna, nunca como protagonistas. De los otros dos personajes, uno ha pasado al olvido casi total y el otro es detestado por la intelligentsia mexicana, ya sea de izquierda  o de derecha. 

El personaje olvidado es Vicente Filisola. La mayor parte de la gente que lo conoce lo hace por su participación en la Guerra de Texas. Pocos en México saben que Filisola encabezó guerras imperialistas exitosas contra El Salvador y Honduras, cuando estos intentaron separarse del Imperio Mexicano en 1822. A decir verdad, pocos saben que México fue una nación imperialista en sus primeros dos años de vida independiente, y los siguientes diez financió grupos independentistas en Cuba, como las FARC y Chávez financian ahora a las células radicales de la UNAM. Nuestro desconocimiento de Filisola es parte de las razones por las que nos sorprendemos cuando a la selección mexicana la insultan en Centroamérica. Filisola fue el primer patriota mexicano, el primero (y acaso el último) que creyó que México podía ganar. Filisola peleó prácticamente solo (y con dos güevos) por la grandeza de su país.

El segundo personaje, el odiado, fue Lorenzo de Zavala (favor de comparar las fichas de Wikipedia en inglés y en español). De Zavala fue el promotor más activo de la adopción del federalismo estadounidense. Él fue el primer mexicano pro-estadounidense en todo el país. Diputado, secretario de Hacienda, y Gobernador del Estado de México, cuando se dio cuenta que el país no iba a ningún lado, se mudó a Texas, donde se convirtió en el primer vicepresidente de la efímera república de la estrella solitaria, así como en el único notable de ascendencia mexicana que firmó la declaración de independencia. También apoyó la creación de una República de Yucatán, de donde era nativo, aunque no vivió para ver su efímera existencia (de Zavala murió en 1836; la República de Yucatán se independizó en 1841) . De Zavala fue el primer mexicano que, por ardido, apoya a los gringos cuando joden a México, de los cuales hay actualmente como 30 millones.

Estuve revisando las páginas web del FCE y de Porrúa y no hay nada publicado sobre Filisola o sobre las invasiones de México a Centroamérica, quizá porque, en el subconsciente nacional, es mejor ser víctima que imperio efímero. Es una pena.  Darnos cuenta que alguna vez fuimos potencia nos serviría para levantarnos la moral. De de Zavala tienen su Historia de las Revoluciones de México, pero nada de lo que escribió cuando se mudó a Texas. Durante mucho tiempo su nombre fue borrado de la historia nacional. Para historiadores como Lorenzo Meyer, de Zavala fue aún más funesto que Santa Anna. Y es que Santa Anna es alguien con el que todo mexicano se puede identificar. ¿Quién no le ha mentido a los gringos para salvar al pellejo para después mentirle a otro mexicano para quedar bien con los gringos? Pero de Zavala al menos tuvo la decencia de irse. 
  
Gómez Farías simboliza el liberalismo; Alamán, el conservadurismo económico y social; Filisola, un país ganador; y de Zavala, una integración con el mundo basada en los intereses personales, aún a riesgo de perder la identidad propia. La reconciliación de estas cuatro visiones del mundo, y su aceptación mutua, hará que México sea un país más democrático.

Wednesday, January 19, 2011

País de un solo hombre: el México de Santa Anna. Vol. I. La ronda de los contrarios - Enrique González Pedrero

“Santa Anna refleja lo que empieza a insinuarse pero todavía no es, la incierta discordancia de un país donde se desea y no se desea el cambio; donde unos añoran la cohesión de un poder centralizador y otros la autonomía dispersos; donde se está lejos de un consenso amplio de consolidar al Estado.”
-Enrique González Pedrero

Hace unas semanas, Enrique Krauze señaló los paralelismos entre la República Restaurada y  la coyuntura actual en el tema de la seguridad pública. A pesar de su agudo ingenio, Krauze se equivoca. La actualidad de México es más parecida al período entre 1821 y 1857 que a la República Restaurada. Para empezar, los hombres que restauraron la República “parecían gigantes”, según Antonio Caso y Luis González; los políticos de ahora son conocidos como "la generación del no" o "la generación del fracaso," según el comentócrata de elección.

Desde un punto de vista más estructural, la República Restaurada, a pesar de lo que indica su nombre, fue un inicio fresco, tabula rasa, a brand new day. Al terminar el Segundo Imperio, los conservadores fueron expulsados (temporalmente) del juego político, dando oportunidad a los liberales de crear un orden político y social completamente nuevo. Hoy estamos entre un orden que no termina de morir y otro que no acaba de nacer.

Finalmente, la República Restaurada fue producto de las clases medias y los sectores empresariales. Estos años que nos tocó vivir y que llamamos “transición a la democracia” fueron originados -vamos a sincerarnos- por los sectores del sindicalismo mexicano más rancio. A pesar de todo el halo de santidad que lo rodea, Cuauhtémoc Cárdenas no fue otra cosa sino el candidato presidencial de los sindicatos de PEMEX, electricistas, sobrecargos, educación, y demás fauna, que se han opuesto a las reformas modernizadoras que se han tratado de impulsar desde la presidencia de Carlos Salinas.

Estos tres aspectos (una generación de políticos con pequeñez de miras; un orden nuevo que carga taras del pasado, y un proceso de redistribución del poder encabezado por los sectores económicos más conservadores) coinciden con las características históricas de los primeros años de vida independiente. Como la nuestra, la clase política de la primera mitad del siglo XIX no entiende su lugar en la historia del país. Por más bien que hayan escrito, Gómez Farías, Alamán, Zavala, o cualquier político de su generación, estuvieron más dispuestos a morirse por sus ideas que a vivir con las ideas del de en frente.

La Constitución de 1824 es el mejor ejemplo de un orden político que pretende ser nuevo (república federal) con las cargas del pasado (fueros para los curas y para el ejército). Compárese esa dicotomía con el derecho a la información garantizado en el artículo 6° de la Constitución de 1917 y los derechos laborales garantizados por el 123.

Finalmente, la Independencia fue posible solamente porque la Iglesia y el Ejército de la Nueva España la apoyaran al ver sus intereses amenazados, luego de que Fernando VII jurara la Constitución de Cádiz, que pretendía acabar con los fueros.  Igualitos que los sindicatos, que apoyaron al Inge Cárdenas cuando llegó la austeridad fiscal. El impulso pre-moderno tanto de la Independencia como de la democratización del país hace que los dos procesos históricos sean tortuosos por definición.

Todos estos temas y muchos más se tratan en La ronda de los contrarios, el primer volumen de la trilogía País de un solo hombre: el México de Santa Anna, de Enrique González Pedrero. Este es el segundo mejor libro sobre los primeros años de vida independiente de México que he leído. El mejor es, sin duda, Los bandidos de Río Frío, un clásico recomendado por el propio González Pedrero y un magnífico complemento a su obra. González Pedrero, además, escribe en un estilo entre lírico y novelesco que resulta sumamente disfrutable, sin sacrificar el rigor académico.

La trilogía de González Pedrero es un proceso en elaboración. Este primer volumen fue publicado en 1993; el segundo, sobre el que escribiré en unos días, en 2003, y el tercero lo será en algún futuro, esperemos cercano. Evidentemente, el hecho de que los tomos de la trilogía estén saliendo con tantos años de separación permite ver la evolución intelectual del autor. En el caso de González Pedrero, esto es particularmente interesante, porque también podremos ver su evolución política. González Pedrero fue priista de toda la vida, llegando a ocupar la gubernatura de Tabasco. En 1993, cuando apareció La ronda de los contrarios, todavía era salinista. En 1996, pasó al PRD, partido con el que llegó a ocupar un asiento en el Senado. En ese contexto salió el segundo tomo de la trilogía. Ahora, es un intelectual orgánico de AMLO (aquí se puede ver al lumpenproletariado lopezobradorista silbándole y pidiéndole que termine su discurso rápido porque “viene el agua”, en uno de los múltiples eventos en el Zócalo en los que el loco López ha presentado su proyecto alternativo de nación).

Podría decir muchas cosas sobre un académico-político que ha cambiado 3 veces de ideología que de repente se pone a escribir sobre el político mexicano más maromero de toda la Historia Patria. Pero no lo voy a hacer.

Lo que sí voy a decir es que este es un libro excelente. Antes de reconciliarse con su pasado, México haría bien en reconciliarse con su presente. Leer y disfrutar un libro de tanta calidad, no importa por quién haya sido escrito, es un buen inicio.


***

Nota al margen que no pude insertar en la redacción del post:
La ronda de los contrarios dedica un capítulo a la participación de México en el Congreso de Panamá, la iniciativa de Bolívar para crear una confederación continental. González Pedrero narra cómo México boicoteó el proyecto, después dudó sobre si debería participar en él, y finalmente, cuando ya era un cadáver político, lo apoyó, de todo corazón. El episodio es (tendría que ser) de primer interés para los estudiosos y los practicantes de diplomacia mexicana, pero también debería serlo para los creyentes en la mentira unamita - colmeca del “liderazgo mexicano en América Latina que se ha perdido por culpa de las administraciones neoliberales.” Históricamente, y salvo casos muy contados, México nunca fue líder en la región. Antes bien, desde el Congreso de Panamá, México se ha dedicado a boicotear la “unión latinoamericana”, muchas veces para bien. De hecho, en los episodios más gloriosos y loables de la diplomacia mexicana, como la oposición a la expulsión de Cuba de la OEA, el rechazo a los gorilatos del continente, y el Grupo Contadora, nuestro país ha estado solo.


Foto: Fragmento del mural del Palacio de Gobierno que muestra a Joel R. Poinsett, embajador de Estados Unidos en México en la segunda mitad de los 1820s, y a quien González Pedrero le dedica un capítulo entero. Esta foto ya había sido incluída en este post, en el que expliqué cómo este mural es el único de ideología conservadora en todo el país. El hecho de que el pergamino que sostiene Poinsett sea gris y tenga un compás inscrito, al igual que la bandera estadounidense, señala que Estados Unidos y Poinsett son masones y, por lo tanto, "malos". La cabeza abajo de Poinsett es, por cierto, la de Santa Anna.