Hubo una época, entre 1980 y 2000, en la que que España era un ejemplo a seguir para América Latina: una economía exitosa, una democracia establecida, y un país relativamente tolerante con los inmigrantes, principalmente los que venían de las antiguas colonias. Después, como suele ocurrir, la sociedad española se aburguesó, eligió adirigentesanalfabetasque no eran otra cosa que su reflejo, y, quizá lo más importante de todo, entró al Euro, cuyas fallas de diseño hacen que España sea, junto con otros países del sur de Europa, una ruina económica en la que un crecimiento de 0.3% anual se festeja como evidencia de la salida de la crisis... (el pueblo español, que en los años de bonanza se dedicó a estudiar periodismo y fundar ONGs, y por lo tanto no tiene mecanismos de defensa intelectual contra estos timos, festeja complacido)
En la década de los 1990, cuando España era realmente un faro de esperanza, surgieron Los Rodríguez, un grupo de argentinos y españoles que conquistó a las dos orillas del Atlántico con la notable excepción de México, donde nunca se llegaron a presentar en vivo. En alguna ocasión, Andrés Calamaro dijo que la falta de éxito de Los Rodríguez en México se debió a un tema de promotores; supongo que en parte es cierto, pero en realidad, México estaba, como suele ocurrir casi siempre, viéndose el ombligo y viviendo su propio movimiento musical aparte de América Latina con bandas como Molotov, Café Tacvba, Control Machete, entre muchos otros, que dejaban muy poco espacio a bandas extranjeras con dos excepciones: Héroes del Silencio, que tenía un guitarrista mexicano, y La Ley, cuyos miembros viven, a la fecha, todos en México. México abriría completamente sus puertas a bandas de otros países con el primer Vive Latino de 1998, pero para entonces Los Rodríguez ya habían desaparecido y Andrés Calamaro estaba en un proceso de introspección, pero eso es otra historia.
Los Rodríguez pegaron con tubo porque la combinación de españoles y argentinos no se limitó a homenajear los ritmos tipicos de los dos países de origen de sus miembros, sino a incorporar a su repertorio ritmosde otros países de Hispanoamérica, una canción de José Feliciano, baladitas pop, y rocks ligeros y frescos.
Hasta luego es un disco que vale mucho la pena tanto para los coleccionistas como para los no iniciados.
Originalmente, El salmón fue un álbum quíntuple (cinco discos) de 103 canciones y que duraba casi 5 horas. Eventualmente, las exigencias del mercado y la necesidad de amortizar la inversión original obligaron a Calamaro y a Warner Music a sacar varias versiones resumidas.
En El salmón Calamaro incluyó remakes de canciones suyas, covers de otros artistas, canciones inéditas, y básicamente cualquier cosa que grabó en los últimos meses de 1999 y los primeros de 2000. Con más de 100 canciones, se puede decir todo sobre un álbum: hay canciones buenas, malas, pésimas, raras, y cualquier adjetivo que se le ocurra al escucha. Intentar definir y comentar sobre un álbum así es ocioso, pero para mí, El salmón representa el inicio de una etapa muy experimental de Andrés Calamaro que eventualmente nos dejaría El Cantante y Tinta Roja, dos de los álbumes más polémicos y, para mí, de los mejores de su carrera.
Álbum casi exclusivamente para coleccionistas, el resto de la población puede escuchar El salmón por partes o de un tirón e intentar encontrar algo de provecho: hay para todos los gustos...
El estado de las canciones
[Por Rodrigo Fresán] Andrés Calamaro hay uno solo. Y tal vez por eso hay varios Calamaros en Calamaro. El tiempo corre, los discos giran, y a mí siempre me pareció que el lado solista (pero siempre tan bien acompañado) de Calamaro podía dividirse en dos bandos nunca enfrentados, siempre complementarios, con los que el Dr. Calamaro y Mr. Calamaro coexisten sin molestarse y se dan la mano y la garra.
Por un lado, pienso, están los álbumes de género y/o sonido: Hotel Calamaro o el neón-analógico, Vida cruel o el new-romantic-noise en Palermo Calamaro, Alta suciedad o el urban-studio-de luxe, El salmón o el kurtz-sensorround, El cantante o el cover-discoverer, Tinta roja o el tango milenarista, y El palacio de las flores o el retro-futurismo memorioso. Y por el otro lado están los álbumes de letra y/o música: Por mirarte, Nadie sale vivo de aquí, Honestidad brutal, La lengua popular y, ahora, en la legalidad callejera y el huracanado deseo de On the Rock. Es decir: discos de Calamaro que tratan sobre el fino arte de diseccionar canciones. CSI Camalamaroland. La canción como cuerpo al que arrancarle no un cómo murió sino un cómo no morir nunca. La canción como aria y como especie -algo vegetal y animal y mineral- que desborda de variedades y variaciones. La canción como teoría y práctica. Canciones para mirar y para cerrar los ojos. Rock que no se derrite (¡Calamarrock!) porque lo suyo es la redonda eternidad del glaciar que se ríe del calentamiento global y no lo pasajero y cuadrado de un cubito de hielo. Y me pregunto si habrá alguien que sepa más del misterio que mueve y aquieta a las canciones de Calamaro. Y me respondo que no.
De pie sobre una roca, a la hora de escribir y describir canciones, Calamaro lleva desde hace años la voz cantante. Calamaro es el Señor de las Canciones.
Y vuelve a demostrarlo en On the Rock, donde la sofisticación hipnótica de "Todos se van" y "Los divinos" convive con el ladrido mordedor y canchero (de cancha y estadio) e himnótico (de himno, de himno nacional-universal) de "El perro" o las llamadas a la guerra de "El pasodoble de los amigos ausentes" y "Flor de samurai", sin por eso privarse de actuar como sentido médium de José Alfredo Jiménez en el standart para yeguas indomables "Te solté la rienda".
Desde el inicio opulento y ambarino y tropi-flamenco-stone de "Barcos" y "Te extraño", pasando por el lamento elegante-lizard de "Insoportablemente cruel", hasta el final con el Rodríguez-ismo redux de "Me envenenaste" y la urgencia crítica-crisis otra vez politizada de "Gomontonera", On the Rock es un/otro viaje.
Un nuevo ascenso al fondo de ese lugar en el que Calamaro levanta vuelo desde la amistad de los barcos, se sumerge desde la camaradería de los aviones, y sale a la superficie -nunca superficial, el cielo también tiene vinílicas tapas de alcantarilla- con ansia y elegancia y un flamante y flameante puñado de canciones profundas, inoxidables y blindadas. Todo junto ahora: el amor y el espanto, la cuerda floja y la soga al cuello, la enorme y breve distancia que apenas separa a un país bizcochuelo de un país gelatina.
Hoy es hoy, ayer fue hoy ayer, y todos se van, sí; pero -como una roca firme en un paisaje con demasiadas piedras que ruedan- Calamaro permanece.
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On the Rock es un gran homenaje a la idea de Iberoamérica: Bunbury, Cigala, Vicentico, Calle 13 (en Puerto Rico todavía se habla español), y otros se reúnen con Calamaro para interpretar desde rancheras hasta jazz. El disco contiene temas típicamente calamarianos y algunos experimentos que a algunos parecerán obras maestras y, a otros, fracasos absolutos.
La mejor canción es "Las tres Marías", con Vicentico.