Monday, October 11, 2010

El Tratado McLane-Ocampo. La comunicación interoceánica y el libre comercio - Patricia Galeana

 “En todo caso, el Tratado [sic], es un ejemplo de negociación diplomática en que el negociador logró limitar las demandas de la contraparte: conseguir el reconocimiento, no vender territorio y obtener ayuda para ganar la guerra. Ocampo logró cambiar un tratado de compra-venta por uno de tránsito comercial, estando en las condiciones más desventajosas posibles.”
-Patricia Galeana

En mis primeros años de escuela primaria, las conversaciones familiares de los domingos llegaban, inevitablemente, a la historia de México. En ellas, siempre salía el tema del Tratado McLane-Ocampo (TMO). Todos los miembros de mi familia, gente orgullosa de ser una tropa de conservadores reaccionarios del Bajío, pero principalmente mi abuelo, decían que Juárez había vendido al país con el tratado. Como el acuerdo de marras no salía en los libros de historia de la escuela, y en el México de entonces el gobierno se especializaba en esconderle cosas a la gente, me gustaba oír las conversaciones de los adultos que vilipendiaban a Juárez y a los tales McLane y Ocampo; me imagino que había en mí algo de curiosidad infantil combinada con cierto anti-priismo congénito.

Cuando entré a quinto de primaria, Ernesto Zedillo fue nombrado Secretario de Educación Pública. Modificó los libros de texto gratuitos de historia al desaparecer a los niños héroes de la historiografía oficial, culpar al ejército de la matanza del 2 de octubre, y al incluir al TMO. Mi libro de quinto de primaria tenía dos o tres párrafos sobre el TMO y era muy general. Sin duda, la visión del Secretario de Educación Pública priista sobre el TMO era más benigna que la de mi abuelo reaccionario, por lo que, me parece recordar, no creí una palabra de lo que leí.

El TMO ha sido una presencia constante en mis acercamientos a la historia de México. Los reaccionarios del Bajío y demás fauna lo ven como una muestra de lo pernicioso que fue Juárez para el país; los priistas de cepa reconocen, con esa picardía malévola que sólo tienen los priistas de cepa, que el hecho de que no haya entrado en vigor fue un golpe de audacia y previsión de Juárez; los neopriistas no tienen ni idea de qué les estoy hablando. Los amlistas a los que les he preguntado si su líder negociaría un tratado tan favorable con Estados Unidos como el que negoció Ocampo me han dicho que “soy un reaccionario que saco las cosas de contexto.” Curioso que, a más de ciento cincuenta años de distancia, la gente que sabe de la existencia del TMO en México no haya hecho las paces con un tratado que benefició a México (es decir, al México liberal del siglo XIX) a pesar de nunca haber entrado en vigor. Es el colmo que no celebremos una de las pocas escaramuzas diplomáticas que le hemos ganado a Estados Unidos. Por cierto: en Estados Unidos el TMO no se discute más que en círculos académicos muy especializados. Parte de la ignorancia que se vive en Estados Unidos viene del hecho de que México “se los agandalló”, pero también del hecho de que sería ocioso que la primera potencia mundial, que ha firmado una cantidad increíble de tratados, estudie cosas que nunca entraron en vigor.

Recientemente, el TMO regresó a mí. Encontré El Tratado McLane-Ocampo de Patricia Galeana en los botaderos de la biblioteca de una universidad estadounidense; lo estaban regalando y ni siquiera había sido abierto. Casi imagino cómo llegó allí: Galeana, tras la presentación de su libro, ordena a uno de sus becarios que envíe una copia a cada una de las principales universidades del mundo. El becario se mete a internet, encuentra una lista, y pasa un semestre preparando los paquetes. En el mejor de los casos, los paquetes tienen una carta introductoria en los idiomas correspondientes explicando qué es el libro y por qué lo reciben; en el peor y más probable de los casos, el becario sólo metió el libro en un sobre manila, lo envió por correo ordinario, y se desentendió del asunto. Los empleados de la biblioteca, que no tienen por qué saber español a pesar de vivir en Estados Unidos, miran al volumen (más de 500 páginas) extrañados y deciden ponerlo en una estantería para que alguien se lo lleve. Eventualmente, yo llego a los botaderos (último paso antes de la caja de reciclaje) y lo tomo. Mala suerte para Galeana, cuya impecable, exhaustiva, e innovadora investigación no será conocida más allá de los asistentes a la presentación del libro. Mala suerte también para la universidad estadounidense, que no pudo ampliar su acervo bibliográfico. Mala suerte también para los contribuyentes mexicanos, que pagamos parte de la publicación del libro, que es una coedición entre Porrúa y la UNAM, y al becario en cuestión.

Más allá de sus incontestables méritos académicos (documentos originales nunca antes citados, exhaustiva investigación en los archivos de Estados Unidos y México, etcétera), este libro vale la pena ser leído por dos razones. La primera es que Galeana es una académica formada y adscrita en la UNAM, además de participar en comisiones gubernamentales y parlamentarias contra la desigualdad, la discriminación de género, y todo eso. Políticamente, es muy correcta, además de que está bien conectada. Esto debería ser un buen motivo para que los talibanes de izquierda, cada vez más sectarios, no desacrediten el libro antes de leerlo. La segunda razón es que Galeana señala que el TMO fue un error político, por lo que los talibanes de derecha no la desacreditarán después de leer el libro. Cabe destacar, no obstante, que Galeana matiza al señalar que Ocampo obtuvo lo más que pudo en las negociaciones dado el difícil contexto de la negociación.

El gran aporte de Galeana en términos historiográficos es la tesis de que el TMO fue rechazado por los intereses proteccionistas de Estados Unidos. Hasta ahora, se ha manejado que el Norte de Estados Unidos no quería aprobar el tratado porque hubiera creado más territorios al Sur. Galeana provee evidencia sólida en el sentido de que la lucha principal fue entre librecambistas y proteccionistas, ganándola estos últimos. Cada generación de historiadores se hace preguntas respecto al pasado en función del contexto que les toca vivir. En ese sentido, cabe preguntarse hasta qué punto el TLCAN, el cual ha cambiado a México y a Estados Unidos por completo en apenas 15 años, influyó en las percepciones cognitivas de Galeana. Lanzo esta pregunta porque me parece que, a 15 años del optimismo salinista, es posible reconocer desapasionadamente que Carlos Salinas es, para bien y para mal, el padre del México moderno. O a lo mejor no es posible de reconocer nada: si no hemos asimilado un tratado firmado hace 150 años por un gobierno que estaba sobre las rodillas y que nunca entró en vigor, mucho menos nos vamos a reconciliarnos con nuestro pasado.

Hay una dimensión adicional del rechazo del TMO por parte del Congreso de Estados Unidos que Galeana no menciona en su libro, en parte porque es historiadora y no politóloga. Al leer el texto del TMO, es posible darse cuenta que, de haber entrado en vigor hubiera desequilibrado de manera sustancial el equilibrio entre el Congreso y el Presidente de ese país. Con el paso del tiempo, el Presidente de Estados Unidos ha ido concentrando más poder, llegando hasta el punto en que lo habría puesto el TMO. Pero el cambio en el balance de poder ha sido gradual, no de golpe. El Congreso hubiera perdido muchísimo en su relación con el Presidente si hubiera aprobado el TMO. En ese sentido, el camino del TMO en los pasillos del Capitolio estadounidense ofrece un caso de estudio interesante sobre cómo obtener beneficios de Estados Unidos sin dar nada a cambio: “sólo” hay que modificar el balance de poder entre los tres poderes mediante un tratado internacional imposible de aceptar. Tarea de estadistas, pero eso es lo que eran esos hombres que “parecían gigantes.”

Foto: Detalle del mural del Palacio de Gobierno de Tlaxcala, obra de Desiderio Hernández Xochitiotzin. El mural es impresionante pero no por sus términos estéticos, sino por ser el único mural del que yo tenga noticia que se desvía de la historiografía oficial de México. Según la obra de Xchitiotzin, la iglesia fue una influencia benigna en México, la mejor época del país fue durante la Colonia, Juárez fue malo y vendió al país junto con los masones, etcétera.  Compárese esta narrativa con, por ejemplo, los murales de Orozco o Rivera. El sitio debería de ser un peregrinaje obligado para todos los amlistas y demás fauna que creen que "la derecha" es, por definición "entreguista", "pro-yanqui", "liberal," y "apátrida." Deberían de ir para que aprendan que hay cierta derecha que es más premoderna aún que la izquierda mexicana. En cualquier caso, para mí es un misterio cómo pudo Hernández Xochitiotzin burlar la censura priista de la época (el mural fue pintado en los 60s).

1 comment:

  1. En el libro este "A Glorious Defeat", también alaban mucho la destreza e inteligencia del Ocampo. De todas maneras, cualquiera de las salidas posibles de México representaba en ese momento un gran fracaso. La de Ocampo era más o menos una salida decorosa y muy moderna, en el sentido que nos volvíamos súbditos económicos más que territoriales.
    Curioso lo de Xochitiotzin. A mi madre le encanta el mural, casi que no más va a Tlaxcala para verlo. A mí se me hacía muy raro, lo indígena no es lo suyo, pero ahora descubro sus verdaderos motivos!!

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