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Wednesday, May 15, 2013

Apuntes para mis hijos - Benito Juárez

Junto con las cartas de amor que le escribió a su esposa, Apuntes para mis hijos es uno de los pocos textos personales que Benito Juárez dejó a la posteridad. Este breve libro, que abarca desde los primeros años de Juárez hasta su entrada en la primera plana de la política nacional, se lee más como un parte de sucesos que como un texto para un ser querido. La historiografía mexicana del priato utilizó este texto como base para escribir la historia oficial de México; no hay diferencia entre la biografía de Juárez que uno encuentra en un libro de texto gratuito de la SEP y Apuntes para mis hijos; así de holgazán era el priísmo; así de pragmático.

Los historiadores de las últimas generaciones se han esforzado hasta el cansancio en decir que Juárez era un ser humano de carne y hueso y no la estatua de bronce que el Estado mexicano puso en un pedestal inalcanzable. Tienen razón, pero los textos personales de Juárez revelan a una persona adusta, reservada y cuidadosa hasta el milímetro, casi como si supiera que sus palabras serían inspeccionadas con lupa por las generaciones siguientes. 

No me quedo con mucho de este libro, pero sí quisiera recuperar el siguiente fragmento de una carta personal de 1865 (en pleno Segundo Imperio) citada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva, miembro del SNI, al final del libro:

"Que el enemigo nos venza y nos robe, si tal es nuestro destino; pero nosotros no debemos legalizar ese atentado entregándole lo que nos exige por la fuerza; si la Francia, los Estados Unidos o cualquier otra nación se apodera de algún punto de nuestro territorio, y por nuestra debilidad no podemos arrojarlo de él, dejemos siquiera vivo nuestro derecho para que las generaciones que nos sucedan lo recobren. Malo sería dejarnos desarmar por una fuerza superior, pero sería pésimo desarmar a nuestros hijos privándolos de un buen derecho, que más valientes, más patriotas y sufridos que nosotros lo harían valer y sabrían reivindicarlo algún día."

Saturday, October 16, 2010

La correspondencia entre Benito Juárez y Margarita Maza

 “(…) recógeme unos cepillitos de ropa que dejé en la mesa en que me afeitaba. Memorias a nuestros amigos y muchos abrazos a nuestros hijos. Soy tu esposo que te ama. Juárez.”
-Carta de Benito Juárez a Margarita Maza

No creo exagerar al decir que ningún mexicano puede imaginar a Benito Juárez sonriendo. La imagen que nos vendió el régimen de la Revolución Mexicana fue la de un personaje serio y adusto, casi pétreo. Presa de sus contradicciones -o quizá gracias a ellas- , la Revolución Mexicana creó imágenes de bronce de todo el panteón nacional: nuestros héroes no podían ser humanos porque eso hubiera implicado que se podían equivocar, lo cual implicaba que el régimen, heredero de los héroes, podía fallarle “al pueblo”, haciendo evidente la necesidad para la apertura democrática. En breve, mientras más broncíneos fueran nuestros héroes, mejor para el PRI.

Hay que reconocer también, no obstante, que el propio Juárez no contribuyó a dejarnos un recuerdo un poco más jovial de él: su austeridad y su levita proverbial simplemente no combinan con una sonrisa. Y la época histórica que le tocó vivir, que es, a fin de cuentas, por lo que lo recordamos, no contribuye a que veamos a Juárez como una persona de carne y hueso: el hombre huyó en una carroza negra (otra señal de austeridad y seriedad) resistiendo y llevando consigo el espíritu de la República. Una tarea tan titánica no permite concebir al personaje histórico como un ser humano. Nada más para darnos una idea de lo que representa Benito Juárez, vale la pena recordar que líderes políticos europeos que atravesaron por situaciones similares a la de México en el siglo XIX huyeron –la mayoría de ellos a Estados Unidos-, llevándose consigo su proyecto de nación (estoy pensando en los líderes polacos y húngaros de las revoluciones liberales de 1848). México es lo que es, en gran parte, porque Juárez no se fue por el camino fácil y se refugió en Estados Unidos, a pesar de que esa hubiera sido la “decisión racional”, si entendemos por racional la búsqueda del interés individual.

A nivel historiográfico, lo más cercano que tenemos a un “Juárez humano” es el titánico Juárez y su México de Ralph Roeder, pero incluso este libro es un panegírico más cercano a un monumento de bronce que a una pintura en claroscuro. Me han dicho que el libro de Armando Fuentes Aguirre es un buen intento por humanizar a Juárez (y también a Maximiliano), pero no lo he leído.

Sin embargo, Juárez fue un ser humano de carne y hueso, al igual que todas las personas que ahora están leyendo este blog.  En 2006, Patricia Galeana, financiada por la Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal, y la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, publicó La correspondencia entre Benito Juárez y Margarita Maza, breve ejemplar que recoge varias epístolas entre la pareja cuando estuvieron separados, así como cartas que le mandaron a Juárez después de la muerte de Maza. En realidad, el libro es un extracto del Benito Juárez. Documentos, discursos y correspondencia de Jorge L. Tamayo, publicado en 1972. Se puede leer el libro de Tamayo, pero es demasiado grande. Galeana simplemente le ahorra al lector horas de lectura.

Las cartas entre Juárez y Maza nos revelan varias cosas. Quizá lo que más impacta es el hecho de que Juárez era capaz de sentir amor (con todo lo que eso implica) y tener necesidades humanas. A mitad de la intervención francesa, Maza le pregunta a Juárez por su número de camisas porque él seguramente no se ha preocupado de eso. Él le responde que todo está bien. A través de las cartas, es posible también entrar en la intimidad de la pareja: Maza se dirige a Juárez utilizando la fórmula: “mi estimado Juárez” y él siempre se despide de ella por su apellido.

A pesar de que el libro contiene más cartas de Maza a Juárez que de Juárez a Maza, es posible ver el tono amoroso y caballeroso con el que él se dirige a ella, incluso en las horas más oscuras de la intervención francesa y en los momentos más duros que vivieron como pareja. Cuando estuvieron separados, murieron dos de sus hijos, tragedias que fueron consumiendo viva a Maza. A través de las cartas, es posible ver que Maza se mantuvo viva solamente para reencontrarse con Juárez y morir a su lado, como ocurrió pocos meses después de su reencuentro. En realidad, es una historia de amor bastante triste.

Juárez fue humano.

Fotografía: Juarez Circle en Washington, DC. El monumento es quizá el único en el que he visto a Juárez con una expresión relativamente dulce, aunque también pierde los rasgos indígenas. En cualquier caso, el monumento tiene una historia bastante interesante: obra de un escultor italiano, fue una donación del gobierno porfirista a Estados Unidos a inicios del siglo XX como muestra de la amistad entre los dos pueblos (curiosamente, el monumento no tiene el águila porfirista; ignoro por qué). La zona de la ciudad en la que ha estado desde entonces no fue importante sino hasta la inauguración del Kennedy Center. La estatua ahora está entre Watergate (uno de los edificios del complejo es el que sale a la derecha del monumento) y la Embajada de Arabia Saudita. A pesar de que ahora la ubicación del monumento es un punto de referencia, el monumento está en un olvido relativo, como atestigua el hecho de que la "l" de la palabra "El"esté chueca. No sé cuántas personas que pasen por ahí sepan quién es Benito Juárez…

Monday, October 11, 2010

El Tratado McLane-Ocampo. La comunicación interoceánica y el libre comercio - Patricia Galeana

 “En todo caso, el Tratado [sic], es un ejemplo de negociación diplomática en que el negociador logró limitar las demandas de la contraparte: conseguir el reconocimiento, no vender territorio y obtener ayuda para ganar la guerra. Ocampo logró cambiar un tratado de compra-venta por uno de tránsito comercial, estando en las condiciones más desventajosas posibles.”
-Patricia Galeana

En mis primeros años de escuela primaria, las conversaciones familiares de los domingos llegaban, inevitablemente, a la historia de México. En ellas, siempre salía el tema del Tratado McLane-Ocampo (TMO). Todos los miembros de mi familia, gente orgullosa de ser una tropa de conservadores reaccionarios del Bajío, pero principalmente mi abuelo, decían que Juárez había vendido al país con el tratado. Como el acuerdo de marras no salía en los libros de historia de la escuela, y en el México de entonces el gobierno se especializaba en esconderle cosas a la gente, me gustaba oír las conversaciones de los adultos que vilipendiaban a Juárez y a los tales McLane y Ocampo; me imagino que había en mí algo de curiosidad infantil combinada con cierto anti-priismo congénito.

Cuando entré a quinto de primaria, Ernesto Zedillo fue nombrado Secretario de Educación Pública. Modificó los libros de texto gratuitos de historia al desaparecer a los niños héroes de la historiografía oficial, culpar al ejército de la matanza del 2 de octubre, y al incluir al TMO. Mi libro de quinto de primaria tenía dos o tres párrafos sobre el TMO y era muy general. Sin duda, la visión del Secretario de Educación Pública priista sobre el TMO era más benigna que la de mi abuelo reaccionario, por lo que, me parece recordar, no creí una palabra de lo que leí.

El TMO ha sido una presencia constante en mis acercamientos a la historia de México. Los reaccionarios del Bajío y demás fauna lo ven como una muestra de lo pernicioso que fue Juárez para el país; los priistas de cepa reconocen, con esa picardía malévola que sólo tienen los priistas de cepa, que el hecho de que no haya entrado en vigor fue un golpe de audacia y previsión de Juárez; los neopriistas no tienen ni idea de qué les estoy hablando. Los amlistas a los que les he preguntado si su líder negociaría un tratado tan favorable con Estados Unidos como el que negoció Ocampo me han dicho que “soy un reaccionario que saco las cosas de contexto.” Curioso que, a más de ciento cincuenta años de distancia, la gente que sabe de la existencia del TMO en México no haya hecho las paces con un tratado que benefició a México (es decir, al México liberal del siglo XIX) a pesar de nunca haber entrado en vigor. Es el colmo que no celebremos una de las pocas escaramuzas diplomáticas que le hemos ganado a Estados Unidos. Por cierto: en Estados Unidos el TMO no se discute más que en círculos académicos muy especializados. Parte de la ignorancia que se vive en Estados Unidos viene del hecho de que México “se los agandalló”, pero también del hecho de que sería ocioso que la primera potencia mundial, que ha firmado una cantidad increíble de tratados, estudie cosas que nunca entraron en vigor.

Recientemente, el TMO regresó a mí. Encontré El Tratado McLane-Ocampo de Patricia Galeana en los botaderos de la biblioteca de una universidad estadounidense; lo estaban regalando y ni siquiera había sido abierto. Casi imagino cómo llegó allí: Galeana, tras la presentación de su libro, ordena a uno de sus becarios que envíe una copia a cada una de las principales universidades del mundo. El becario se mete a internet, encuentra una lista, y pasa un semestre preparando los paquetes. En el mejor de los casos, los paquetes tienen una carta introductoria en los idiomas correspondientes explicando qué es el libro y por qué lo reciben; en el peor y más probable de los casos, el becario sólo metió el libro en un sobre manila, lo envió por correo ordinario, y se desentendió del asunto. Los empleados de la biblioteca, que no tienen por qué saber español a pesar de vivir en Estados Unidos, miran al volumen (más de 500 páginas) extrañados y deciden ponerlo en una estantería para que alguien se lo lleve. Eventualmente, yo llego a los botaderos (último paso antes de la caja de reciclaje) y lo tomo. Mala suerte para Galeana, cuya impecable, exhaustiva, e innovadora investigación no será conocida más allá de los asistentes a la presentación del libro. Mala suerte también para la universidad estadounidense, que no pudo ampliar su acervo bibliográfico. Mala suerte también para los contribuyentes mexicanos, que pagamos parte de la publicación del libro, que es una coedición entre Porrúa y la UNAM, y al becario en cuestión.

Más allá de sus incontestables méritos académicos (documentos originales nunca antes citados, exhaustiva investigación en los archivos de Estados Unidos y México, etcétera), este libro vale la pena ser leído por dos razones. La primera es que Galeana es una académica formada y adscrita en la UNAM, además de participar en comisiones gubernamentales y parlamentarias contra la desigualdad, la discriminación de género, y todo eso. Políticamente, es muy correcta, además de que está bien conectada. Esto debería ser un buen motivo para que los talibanes de izquierda, cada vez más sectarios, no desacrediten el libro antes de leerlo. La segunda razón es que Galeana señala que el TMO fue un error político, por lo que los talibanes de derecha no la desacreditarán después de leer el libro. Cabe destacar, no obstante, que Galeana matiza al señalar que Ocampo obtuvo lo más que pudo en las negociaciones dado el difícil contexto de la negociación.

El gran aporte de Galeana en términos historiográficos es la tesis de que el TMO fue rechazado por los intereses proteccionistas de Estados Unidos. Hasta ahora, se ha manejado que el Norte de Estados Unidos no quería aprobar el tratado porque hubiera creado más territorios al Sur. Galeana provee evidencia sólida en el sentido de que la lucha principal fue entre librecambistas y proteccionistas, ganándola estos últimos. Cada generación de historiadores se hace preguntas respecto al pasado en función del contexto que les toca vivir. En ese sentido, cabe preguntarse hasta qué punto el TLCAN, el cual ha cambiado a México y a Estados Unidos por completo en apenas 15 años, influyó en las percepciones cognitivas de Galeana. Lanzo esta pregunta porque me parece que, a 15 años del optimismo salinista, es posible reconocer desapasionadamente que Carlos Salinas es, para bien y para mal, el padre del México moderno. O a lo mejor no es posible de reconocer nada: si no hemos asimilado un tratado firmado hace 150 años por un gobierno que estaba sobre las rodillas y que nunca entró en vigor, mucho menos nos vamos a reconciliarnos con nuestro pasado.

Hay una dimensión adicional del rechazo del TMO por parte del Congreso de Estados Unidos que Galeana no menciona en su libro, en parte porque es historiadora y no politóloga. Al leer el texto del TMO, es posible darse cuenta que, de haber entrado en vigor hubiera desequilibrado de manera sustancial el equilibrio entre el Congreso y el Presidente de ese país. Con el paso del tiempo, el Presidente de Estados Unidos ha ido concentrando más poder, llegando hasta el punto en que lo habría puesto el TMO. Pero el cambio en el balance de poder ha sido gradual, no de golpe. El Congreso hubiera perdido muchísimo en su relación con el Presidente si hubiera aprobado el TMO. En ese sentido, el camino del TMO en los pasillos del Capitolio estadounidense ofrece un caso de estudio interesante sobre cómo obtener beneficios de Estados Unidos sin dar nada a cambio: “sólo” hay que modificar el balance de poder entre los tres poderes mediante un tratado internacional imposible de aceptar. Tarea de estadistas, pero eso es lo que eran esos hombres que “parecían gigantes.”

Foto: Detalle del mural del Palacio de Gobierno de Tlaxcala, obra de Desiderio Hernández Xochitiotzin. El mural es impresionante pero no por sus términos estéticos, sino por ser el único mural del que yo tenga noticia que se desvía de la historiografía oficial de México. Según la obra de Xchitiotzin, la iglesia fue una influencia benigna en México, la mejor época del país fue durante la Colonia, Juárez fue malo y vendió al país junto con los masones, etcétera.  Compárese esta narrativa con, por ejemplo, los murales de Orozco o Rivera. El sitio debería de ser un peregrinaje obligado para todos los amlistas y demás fauna que creen que "la derecha" es, por definición "entreguista", "pro-yanqui", "liberal," y "apátrida." Deberían de ir para que aprendan que hay cierta derecha que es más premoderna aún que la izquierda mexicana. En cualquier caso, para mí es un misterio cómo pudo Hernández Xochitiotzin burlar la censura priista de la época (el mural fue pintado en los 60s).